Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos.

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

Dudo mucho que a Marcel Proust le produjeran las magdalenas de su tía más placer del que me proporcionaron a mí las galletas de vainilla en mis más tiernos años. La magdalena de Proust ha quedado como un icono de placer en la infancia aunque yo y todas mis compañeras del cole nunca dudaríamos en elegir a las galletas de vainilla frente a cualquier magdalena, incluso si fueran de la marca Hacendado que produce Mercadona.

De las muchas cosas que me separan de Proust, el país, la época vivida y el círculo social, es esté último el que marca la mayor diferencia a la hora de evocar los sabores que llenaron de placer los recuerdos de la niñez: Él se crió entre algodones mientras que yo pasé hambre. Las magdalenas de su tía pudieron arrancarle de su melancolía pero en mí, las galletas de vainilla actuaron no solo en el alma sino en el estómago, aplacándome el hambre intensa arrastrada por años.

Las galletas se vendían por unidades en la tienda del colegio y se podían comprar en la hora del recreo siempre que se tuviera dinero. Tan solo asomándose a la ventana desde la que se despachaba se podía admirar la caja de galletas abierta y vislumbrar, bajo el plástico que las protegía, las deliciosas galletas con sus múltiples capas de crujiente barquillo que atesoraban el relleno de la vainilla y desprendían un suave aroma que despertaba los jugos gástricos.

Pero cuán amarga puede llegar a ser la existencia cuando el dulce objeto de deseo que se encontraba al otro lado del mostrador resultaba inalcanzable por la falta de recursos. No obstante, el sol sale para todos, aunque no todos los días, y de vez en cuando mi hermana, que administraba nuestro presupuesto, me daba unas pesetillas o alguna amiga estaba en situación de poder comprar. Cuando se daba esta conjunción astral todo era alegría y lo celebrábamos comprando y compartiendo las galletas. Nos gustaba comerlas en grupo y nos reíamos viendo los distintos métodos que utilizaba cada una para prolongar la degustación tanto como fuera posible.

Darle un bocado a la galleta, por mucho hambre que se tuviera, nos parecía un sacrilegio impropio de la devoción que merecen estas divinas galletas. Había que comérselas a cámara lenta, alargando el placer todo el recreo.

Separábamos la primera capa del barquillo y la utilizábamos como una espátula que iba arrastrando el relleno que quedaba al descubierto, dándole forma de espiral. Según la maestría al deslizar el barquillo por el relleno, éste adquiría forma de viruta o de montoncillo amorfo, pero en ambos casos el barquillo servía de pala para recoger la vainilla y llevárnosla a la boca. Repetíamos la operación tantas veces como capas tenía la galleta menos una (la de abajo). Para evitar que en la operación se nos cayera al suelo el relleno, las comíamos sentadas en el suelo del patio. Si fallaba el pulso se caía la vainilla al babi y la rescatábamos rápidamente.

Otra variación de método era separar la primera capa del barquillo y comérsela a bocados pequeñitos o chuparla hasta reblandecerla. A continuación le tocaba el turno al relleno que se iba extrayendo lentamente con la lengua. Como en el caso anterior se repetía la operación para cada una de las capas. Con este método se podían comer de pie porque el riesgo de que se cayera el relleno al suelo era muy pequeño.

Cuando hacía calor y el relleno de las galletas estaba muy blandito se podía aplicar el método del espachurramiento que consistía en presionar la galleta con los dedos índice y pulgar de las dos manos para que el relleno saliera por los laterales. Para evitar que la vainilla cayera al suelo se debía apretar con suavidad la galleta para rebañarla rápidamente con la lengua conforme iba apareciendo. Al final quedaba solo el barquillo, que se comía uno a uno en pequeños mordisquitos o chupándolo.

Lo recuerdo como si fuera ayer y lo rememoro cada vez que vuelvo a comer una galleta de vainilla (las compro en el Caprabo), pero me falta compartir este placer con mis amigas. El próximo día que me reúna con las chicas del cole llevaré unas galletas de vainilla y evocaremos viejos placeres.

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