De los cuatro jinetes de la Apocalipsis que sufrí en el colegio los tres primeros, el hambre, el frío, y el sueño, eran tormentos físicos, pero el cuarto, la arbitrariedad, iba directo a la línea de flotación emocional y añadía a las penalidades una vuelta de tuerca con el desasosiego.

De nada valía la prudencia, una espada de Damocles pendía de un hilo sobre cada cabeza a la merced del capricho de las monjas que desde su Olimpo ejercían el poder al margen de la justicia, la lógica y la caridad cristiana. De las muchas arbitrariedades que presencié, hay una que recuerdo de forma especial porque el acero casi me rozó y lamentablemente fue a parar a la cabeza de una buena amiga.

Estábamos en tercero de bachiller y aunque a nuestros doce años ya habíamos adquirido habilidades para no provocar la ira de las monjas esta vez nos arrastraron los acontecimientos. Pili y yo teníamos la costumbre de pelar las pipas sin comérnoslas en los ratos muertos. Íbamos haciendo montoncitos que cuando considerábamos suficientemente grandes, los juntábamos y nos los comíamos de golpe. Ese día Pili, para hacerme de rabiar, cogió nuestros ahorros de pipas peladas y se los metió de golpe en la boca. No pude evitar exclamar ¡GUARRA! Justo en el momento que entraba Sor Eufrosina en clase.

Sor Eufrosina, la misionera frustrada, era un auténtico peligro que se dejaba arrastrar por la ira de la forma más inesperada, siendo desproporcionada su reacción ante sucesos insignificantes. Rápidamente se percató de la tensión y quiso saber qué pasaba entre nosotras. Ella esperaba una acusación en toda regla de una contra la otra pero se encontró con nuestro silencio. Esto la contrarió y decidió realizar un castigo ejemplar, ¿contra cuál? daba igual, ambas teníamos un 50% de posibilidades y sabíamos que a una le iba a tocar.

Se fue directa al armario del fondo para buscar una regla (espada de Damocles de madera), agarró a Pili por la cabeza y la puso contra el pupitre y ante nuestra estupefacción le propino treinta y nueve golpes en la cabeza que fue contando atropelladamente, más bien escupiendo por su propensión salpicar con perdigones cuando hablaba. Mientras que la monja le pegaba ocurrió un hecho tragicómico:

Pili le decía

-Sor, no me pegue en la cabeza que me salen postillas

Sor Eufrosina que era un poco sorda contestaba

-Si te salen costillas nos las comemos

De nada sirvió que nos quejásemos a la superiora del castigo injusto y desproporcionado a Pili, a la que todas queríamos mucho, Sor Eufrosina siguió con la patente de corso para dar rienda suelta a su arbitrariedad.

Afortunadamente a Pili los treinta y nueve golpes no le apagaron el brillo de los ojos y ni le borraron la sonrisa de los labios. Pasados muchos años ella bromea con aquella pesadilla surrealista de postillas y costillas.

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