No hay nada que tenga tanto peligro como un grupo de bromistas que trabaje el día de los Santos Inocentes, fecha de obligada exaltación al espíritu emprendedor de burlas y befas.

Una broma se puede planificar pero es difícil prever la reacción de las víctimas, ya que las circunstancias son las que mandan. Algo tan manido y falto de imaginación como introducir petardos en los cigarros dio lugar a la hilarante situación que ahora les cuento.

Ante una crisis de ideas para las inocentadas de ese año compré un paquete de petardos especiales para colocar en los cigarros. El día D madrugué y con mucha habilidad coloqué los petardos aleatoriamente en algunos cigarros de tres paquetes diferentes. La tarea fue fácil porque los paquetes estaban sobre las mesas y sus dueños en el laboratorio.

La víctima inocente, que propiciaron las circunstancias, fue J.F. un compañero muy buena persona que desgraciadamente ya no está con nosotros. J.F. era especialista en bromas pesadas y repetitivas como desinflar ruedas de los coches, colocar pesetas en los tapacubos, etc… Pero ese día tenía un problema técnico y no estaba para bromas.

J.F. estaba trabajando en el laboratorio un poco agobiado y con los nervios debió equivocarse en algo y estropeó lo que estaba haciendo, perdiendo la información que tenía en el disquete. Se llevó las manos a la cabeza diciendo, ¡NOOOO, he perdido el trabajo de un mes!

Salió del laboratorio descompuesto diciendo: me voy a fumar un cigarro a ver si se me pasa el disgusto. Se dirigió a coger un cigarro de uno de los paquetes de algún compañero ya que J.F. era del tipo de fumadores que intentan dejar el vicio dejando de comprar tabaco. Las circunstancias hicieron que eligiera un cigarrillo de uno de los paquetes que contenían cigarros con sorpresa. Lo encendió, dio un par de caladas profundas y a la tercera el cigarro explotó ¡BLOOOOOM! y quedo hecho girones.

No pudimos evitar que nos diera la risa, nos reíamos de la explosión del cigarro no de la desgracia del disquete pero J.F. había perdido todo su sentido del humor y comenzó a soltar improperios contra todos nosotros. Para calmar su enfado, se dirigió a por otro cigarro de otro paquete y se dio la circunstancia que también tenía petardo. Lo encendió y volvió a explotar. Las risas iban en aumento y ya se mezclaban con las lágrimas.

Fuera de sí, J.F. se sentía el blanco de una conspiración por lo que siendo un fumador de Ducados se dirigió a por una cajetilla de Marlboro, pensando que estaría libre de sorpresas, pero se equivocaba. Ese día las circunstancias no le fueron propicias y le explotó el cigarro por tercera vez. Los que contemplábamos la escena ya no podíamos más de la risa y estábamos literalmente tronchados.

J.F. desistió de fumar para tranquilizarse y poco a poco se le fue pasando el enfado. El resto de los fumadores que habían contemplado la escena se debatían entre el vicio y el miedo a la explosión pero como siempre ganó la dependencia a la nicotina y hubo unas cuantas detonaciones más.

Nunca pensé que unos pocos cigarros con petardo dieran tanto juego ni que la broma se cebaría con el bromista más pesado del equipo. Todo lo que ocurrió se debió a las circunstancias, yo solo fui un instrumento.

Nota de la autora: estas escenas son totalmente imposibles en una oficina de hoy día por lo que se pueden considerar de interés para la arqueología laboral.

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