Museo Chillida Leku

Viajamos a San Sebastian para celebrar los siete lustros transcurridos desde el verano del 77 en el que mi marido y sus amigos hicieron las milicias en Donostia. Una de las  sorpresas que tenían preparada los organizadores fue la vista al Museo Chillida Leku que me dejó profundamente impresionada. Aún conservo intacto en mi memoria el impacto que me produjo la imagen de sus esculturas de hierro emergiendo de un ondulante prado. Recuerdo cómo me adentré en ese bosque encantado zigzagueando por la hierba húmeda hasta alcanzar los pedestales que sustentaban esas colosales formas llenas de aire y de fuerza. Una manera más intensa de sentir el arte sin más techo que el cielo y sin más paredes que los montes cercanos.

Tuvimos la inmensa suerte de que Luis Chillida, hijo del artista, nos guiara en el recorrido y nos contase, como testigo privilegiado, la creación del museo. Aquel lugar lo escogió el artista maravillado por el entorno y por un viejo caserío en ruinas. Allí fue almacenado en el exterior su obra de mayor tamaño mientras que rehabilitaba el caserío para albergar las piezas más pequeñas. Todo fue realizándose durante años, sin prisas, con sus propios recursos y subordinando los espacios para que la obra fuera la protagonista.

Su sueño se hizo realidad gracias al tándem perfecto que formó con su mujer Pilar Belzunce. Él pudo dedicarse a crear sin preocuparse de lo material y ella, que siempre fue su mayor apoyo, soportó la carga administrativa. Tras una larga y fructífera vida, Chillida nos ha dejado un ejemplo de cómo ser fiel a uno mismo y una maravillosa obra para contemplar.

El lugar fue visitado por amigos, artistas y con el tiempo se convirtió en museo pero el coste de mantenerlo abierto no era sostenible y después de diez años cerró sus puertas al público al finalizar el año 2010. La familia no ha llegado a un acuerdo con la Administración para su reapertura porque la financiación del centro implicaría perder el control de la gestión del patrimonio artístico creado y que pertenece en exclusiva a la familia del artista. Los herederos no quieren correr el riesgo de que el lugar no permanezca tal como  hubiese querido el artista y prefieren soportar en solitario los gastos de mantenimiento,  no resignándose a cerrarlo totalmente, abren sus puertas para mostrarlo a grupos interesados en verlo.

Según nos dijo Luis Chillida, con 300.000 euros al año se podría abrir de nuevo el museo al público general, cantidad ridícula teniendo en cuenta tanto despilfarro destinado a cosas irrelevantes. La casta política insensible al arte y al bien común es incapaz de tener un gesto que no esté contaminado de sus intereses. Es una pena esta maravilla de museo diseñado por el propio artista, en el que sus obras hablan por él no esté abierto a todos.

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