Paseando el sacromonte

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Mi madre se enamoró de Rafael Villoslada con dieciséis años. Para ella, él era perfecto. Pintaba retratos al óleo, bailaba tangos, era oficial del ejército y tenía unos ojos azules y una sonrisa que derretían a cualquiera.

Vivieron un noviazgo de cinco años por carta. Por último, ella se enteró que Rafael tenía una querida. No una aventura pasajera, sino una relación estable con una gitana del Sacromonte con la que convivía. Siempre le oí decir que aquello ocurrió porque la gitana le daba lo que ella no estaba dispuesta a darle sin pasar por el altar.

Despechada, no pudo soportarlo y lo abandonó. Y al poco apareció mi padre, que casó con ella apenas un año después.

Mi tía me contó que justo el día antes de la boda Rafael se presentó en casa de mi abuela pidiendo hablar con mi madre. No se lo permitieron y por supuesto mi madre nunca lo supo. «De haberlo sabido -decía mi tía-, no sé que hubiera pasado….»

Ahora que mi madre tiene ochenta y tres años y mi padre murió hace más de diez, hace poco me dijo: «¿Qué habrá sido de Rafael? Me gustaría tanto verlo…»

Y cuando el otro día recorrí el Sacromonte, me descubrí buscando a Rafael.
Al principio creí que lo buscaba con los ojos de mi madre. Pronto me di cuenta que también lo buscaba con los de la gitana. Esas dos mujeres lo amaron sin medida, y no pasó su vida con ninguna de la dos.

Ese dolor de amor sin destino me agarró en lo más alto del cerro. Allí me despedí de él en nombre de mi madre y de la gitana, las tres rotas en un solo llanto.

Sentí cómo un ciclo se cerraba.
Y supe por qué estaba yo en Granada.

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