Cabalgata de Reyes

Los Reyes Magos, tan exóticos y sabios ellos, regresan cada 6 de enero para solaz de los niños y terror de los padres. No se cuantos siglos arrastramos de tradición ni en qué países se les espera con ansia, pero en España todos los comercios, grandes y pequeños, afilan sus facas para despojarnos de la paga de Navidad que se verá consumida con las compras irracionales que nos obligamos a realizar. Pero todo este dispendio innecesario es pecata minuta comparado con la asistencia a la cabalgata de Reyes.

Si el lector no tiene hijos comprenderá por este relato lo que le espera y posiblemente se reafirme en su postura de no tenerlos. Si por el contrario los tiene en edad temprana, le servirá de consuelo ver que él no es la única víctima abocada a festejar a los Reyes Magos; y si ya los tiene mayores, como es mi caso, disfrutará recordando el tiempo perdido y que afortunadamente no volverá (al menos hasta los nietos).

Todo padre que se precie debe llevar a sus hijos a la cabalgata de Reyes de su ciudad, en mi caso Madrid. La noche del 5 de enero suele hacer un frío que pela, pero esto nunca puede ser excusa para quedarse calentito en casa viendo la cabalgata por la tele, ya que demostraría que eres un padre comodón y egoísta. Sacando pecho, con una camiseta de La Camerana(1) y con los niños abrigados hasta las cejas, los aguerridos padres salen a la lucha por encontrar un sitio para ver la cabalgata.

En Madrid, la cabalgata discurre desde el Paseo de Coches del Parque del Buen Retiro hasta la Plaza Mayor, pasando por la Puerta de Alcalá, la plaza de la Cibeles y la Puerta del Sol. El Ayuntamiento -siempre colaborador- cierra al tráfico la zona del recorrido, que al ser una arteria vital de la ciudad sólo te deja la opción del metro para desplazarse al lugar de los hechos. Cómo el día 5 de enero es generalmente laborable, los padres deben tener una planificación sin fisuras para poder conseguir el objetivo de ver los camellos (si se va un poco apurado es mejor ir hacia la Puerta del Sol y si se va sobrado de tiempo se puede ver desde la puerta de Alcalá). Elijas el destino que elijas, vayas a la hora que vayas, el metro estará abarrotado y las pasarás canutas para que no se te pierda algún niño cuando se abran las puertas y la multitud, cual magma candente, brote a borbotones de los vagones. Si los niños no son habituales a las hora punta de los transportes públicos, podrán aprender lo que es un atasco humano y cómo es posible que se tarde 20 minutos en recorrer 50 metros.

Una vez fuera del metro se agradece hasta el fresquito de la calle. A solo tres pasos nos encontramos a los vendedores de globos que, cómo no, les colocan uno a cada niño por un precio astronómico. La primera precaución que se debe tomar es atar firmemente el globo a la muñeca de las criaturas para evitar que se les escape y empiecen a berrear. Se puede observar la calle Alcalá como un río de niños portadores de globos, en este caso no eternos.

Algunos privilegiados, que siempre los hay, contemplan el paso de los Reyes por noble recorrido desde los edificios emblemáticos, generalmente bancos o grandes empresas, detrás de los cristales - a ver quien es el guapo que abre una ventana con el frío que hace-, aislándose de los padres menos afortunados. El resto de padres, a modo de ejército de infantería, toman posiciones que mantendrán durante más de una hora para ver el paso de las carrozas. Una vez que los padres están en su sitio, el siguiente obstáculo que deben superar es cómo hacer para que los niños puedan ver un algo. Para familias de menos de dos hijos, el problema entraña poca dificultad: los padres cogen en brazos a sus hijos. Pero para familias numerosas -como es mi caso- es una continua negociación para ver cuál es el que está en brazos cada momento. Sin embargo, la sabiduría popular ha resuelto ingeniosamente el problema de la visibilidad de los niños: la escalera. Algunos padres portan -a modo de cruz- una escalera de aluminio de 4-5 peldaños que despliegan una vez llegados al sitio y en la que colocan a sus hijos para que disfruten de buena vista, siendo la envidia de todos los niños que les rodean.

Cuando discurre la cabalgata entre las prietas filas de familias, los pajes de las carrozas van lanzando caramelos. Ante esto, los niños se bajan de los brazos de sus padres o de las escaleras -según el caso- y corren como locos a pillarlos por el suelo con grave riesgo de que les pisen las manos o les quemen el globo con un cigarrillo. El frío empieza a hacer mella entre los padres pero los niños parece que ni se dan cuenta. El vaho se divisa en todas las bocas, salvo en las que están cubiertas por las bufandas. El fin de la cabalgata está próximo. En la apoteosis final, envueltos en lujosos ropajes, aparecen los Reyes Magos para delirio de los niños y detrás de ellos tres raquíticos camellos, tres, con una escasa carga de regalos, que los niños en su egoísmo natural piensan que son los suyos.

Año tras año los niños le piden el oro y el moro a los Reyes y a pesar que nunca se cumplen sus expectativas no por ello cae en picado el mercado de juguetes(2), ni disminuye su entusiasmo en sus ganas de pedir más, más y más.

Lula

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(1) Camisetas térmicas donde las haya
(2) Que aprendan de los niños los inversores en la bolsa