El rentista laboral


Se llaman rentistas a los que han superado la maldición divina de ganarás el pan con el sudor de tu frente. A este afortunado grupo han pertenecido por tradición los ricos, la denominada clase ociosa por Thorstein Veblen(1). Estos acaudalados tienen que dejar patente su prestigio social manteniéndose alejados de todo esfuerzo productivo para demostrar que no lo precisan para subsistir. Por ese motivo la propiedad adquirida por herencia es aún más valorada que la adquirida por el propio esfuerzo. Dice Veblen "Abstenerse de trabajar es la prueba convencional de que se es rico y, por lo tanto, la señal de que ocupa una buena posición social". A este grupo pertenecen los rentistas del capital.

La riqueza y la ociosidad van juntas de la mano y se extiende de forma vicaria en su entorno cercano, tanto a familiares como a empleados. El cónyuge del acaudalado, bien sea hombre o mujer, para contribuir al prestigio de su marido o esposa, según el caso, debe abstenerse también de realizar tareas productivas y orientar sus esfuerzos en ostentación de la riqueza familiar. Por otro lado, cierto tipo de empleados pasan a ser figuras más decorativas que productivas, valorándose más sus maneras, más cercanas a la estirpe de los Romanov, que su capacidad de servicio. Gracias a la proximidad a la fuente de riqueza, estos empleados se podrían denominar rentistas laborales.

Cuando el rico no es una persona física sino una empresa con amplios márgenes comerciales, para diferenciarse de las que no los tienen, debe hacer ostentación de su poder económico y una forma de demostrarlo es mantener una estructura que no realice ningún esfuerzo productivo. Esto da lugar a las corporaciones y a ciertos puestos en zonas productivas reservados para rentistas laborales. Cómo se alcanza el estatus de rentista laboral y cuanto tiempo se es capaz de mantener en él depende tanto de los motivos para alcanzarlo como de la habilidad del rentista en perpetuarse en su situación.

No todos los caminos laborales conducen a la renta laboral, ya que ésta se basa en un estatus que deben poseer solo unos pocos. La democratización de este estatus haría que se perdiera su propia esencia de distinción, amén de hacer insostenible el negocio más usurero. En algunos casos se nace predestinado a ese estatus, en otros se busca de forma deliberada y a veces el estatus alcanza por sorpresa a algún despistado.

Para alcanzar ese nivel que permite el abandono de las actividades productivas se tiene que estar fuera de la campana de Gauss de productividad, tanto por carencia como por demasía. La campana actúa como si tañese y de vez en cuando se le escapa un recurso humano, a veces por poca productividad y otras por exceso. Los que van sobrados de productividad van directamente al cielo laboral de las rentas laborales pero "los otros" pueden seguir dos caminos, hacia el cielo o hacia el infierno laboral. Al infierno caen los que no tienen padrinos, ni relaciones, ni son manipulables, ni suponen ningún inconveniente desprenderse de ellos, en cambio ascienden a las alturas los que al menos cumplen algunas de las anteriores características.

Entra dentro de la lógica que los que tienen poca productividad salgan expulsados del sistema productivo. También parece razonable que se salven de la cola del paro los que aún tengan alguna cualidad que supla su falta de productividad. Pero lo que puede chocar un poco es que se expulse a los que son demasiado productivos, pero todo tiene su por qué: son una amenaza a la mediocridad reinante y se les tiene miedo, tanto, que no se atreven a despedirlos y los instalan en la cómoda nube de las rentas laborales.

Lula

Más relatos de Lula, pulsar aquí
e-mail de contacto: seccionfemenina@gmail.com

(1) Interesantísimo autor de la "Teoría de la clase ociosa" (1.899) que he conocido gracias a mi querido amigo el profe que me alimenta la biblioteca con libros de los que no se olvidan. Veblen fué un economista y crítico social y está considerado el fundador de la “economía institucional”. También dejó un legado de sociología y antropología cultural. Sus escritos son inquietantemente actuales (¡qué poco han cambiado algunas cosas!) y en su época fue declarado persona non grata (¡cómo duele la verdad!).