En un lugar de la mancha...

A mi padre le gustaban los quesos manchegos, de modo que una vez al año montaba a toda la familia en el Seat 124 y emprendíamos el camino hacia tierras del hidalgo caballero para llenar el capó de tan suculento manjar. De vuelta a Sevilla el coche siempre iba con el morro levantado por el peso de la parte trasera y cuando parábamos en un semáforo los peatones cruzaban la calle olisqueando el aire como perrillos, asaltados por un penetrante olor emanado del mismísimo paso de cebra.

Recuerdo esas excursiones como algo entrañable. Había tortilla de patata y filetitos albardados(1) para comer por el camino. También llevábamos una botella de Tupperware (modernísima para la época) llena de agua helada y una bota de vino para los mayores. Mi madre nos recitaba a los poetas románticos y todos a coro berreábamos "...y ese toro enamoráo de la luna....".

Además, las carreteras de España hace más de veinte años no tenían nada que ver con las actuales. En concreto la N-IV, que une Sevilla con Madrid pasando por Despeñaperros, era una vía con un solo carril por dirección, por la que circulaban lo que yo creía que eran todos los camiones del mundo. Así pues, el viaje de 400 kilómetros hasta llegar al pueblecito manchego se convertía en una verdadera odisea. Mi padre, supongo que para distraernos, nos acostumbró a otear cualquier bulto sospechoso en la pradera castellana buscando indios agazapados que nos pudieran disparar sus flechas para capturarnos y cortarnos la cabellera

Y así, con la tensión y el cansancio acumulados por el camino, finalmente llegábamos a nuestro destino: la casa de Norman Bates en versión España profunda.

El alojamiento no podía ser más pintoresco. En una época (Franco seguía vivo) en que el concepto "casa rural" solo era sinónimo de pobreza y atraso endémico, a casi nadie que hiciera turismo se le ocurriría recalar en semejante lugar. De hecho, los escasos huéspedes con los que coincidimos a lo largo de los años solían ser cazadores que iban de montería a los cotos cercanos.

En cuanto al edificio en sí, continúa siendo visible desde la carretera nacional, y como otros muchos de la zona, conserva la estética manchega de paredes encaladas con puertas y postigos de intenso añil, en cuyo patio abierto figura la esquelética y metálica figura del ingenioso hidalgo. Una vez franqueado el gran portón azul, siempre acompañado por inquietantes ruidos en su movimiento, entramos en lo que podríamos llamar la recepción: un espacio dominado por un gran mostrador de madera oscura y una vetusta centralita telefónica(2) llena de clavijas, cables y agujeros para hacer las conexiones a cada habitación.

Pero lo más inquietante de todo era el personaje que estaba tras el mostrador: un tipo enjuto de mediana edad que nunca sonreía. Cada año, mi padre nos contaba que este señor había pasado mucho tiempo en la cárcel porque había asesinado, mientras dormía, a una alemana que estaba alojada allí. La tensión, por tanto, era máxima mientras nos asignaba la habitación. ¿Nos darían el dormitorio del crimen? Y aunque nos dieran otro, ¿no volvería a intentarlo con nuevas víctimas mientras dormíamos?

Todo esto pasaba por mi cabeza a gran velocidad, al tiempo que apretaba la boca y abría mucho los ojos, en lo que entonces era mi máximo estado de alerta. Cuando -por fin- nos daban las llaves de la habitación, subíamos por la vieja escalera de madera hasta llegar a un pasillo escasamente iluminado a cuyos lados, además de las consabidas puertas de las habitaciones, había muchos cuadros viejos y mal conservados de personajes tristes vestidos de negro. Los suelos, tanto en el pasillo como en las habitaciones, eran de madera, por lo que continuamente emitían ruidos que a mí se me antojaban quejidos del alma en pena de la teutona. Pero el concierto acústico no terminaba aquí. También sonaban los grifos y todas las tuberías del edificio, y para unos oídos tan atentos como los míos, hasta los ronquidos del asesino. Ni que decir tiene que el estruendo de los cazadores al levantarse a eso de las cinco de la mañana, conseguía despertarnos a todos. Mis padres volvían a conciliar el sueño, pero para mí no resultaba tan fácil. Y allí estaba yo: en la cama, a oscuras, con los ojos abiertos de par en par a las cinco y media de la mañana y la imagen de una saludable chica nórdica (tomaba como modelo a las suecas de entonces) pidiendo socorro situada exactamente en el tercer ojo.

La luz del alba me devolvía a mis padres y una pizca de confianza en el ser humano. También eran importantes las gachas del desayuno, que me ayudaban a reconciliarme con el entorno y a pasar el día entre lagunas llenas de patos y las fábricas de queso objeto de nuestro viaje. Pero a la caída de la tarde, mi madre se apresuraba a resguardarnos de las traicioneras heladas castellanas, tan frecuentes tras el ocaso.

Y entonces no quedaba otra que acomodarnos en la sala de estar de nuestro alojamiento... la célebre SALITA

Próxima entrega: La salita

S.M

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A finales de los años cincuenta el joven escritor Robert Bloch publicó PSICOSIS (Psycho), un thriller corto basado en un caso real. Fue Alfred Hitchcock quien escogería esta regular novela y la adaptaría para la pantalla grande. Lo que resultó fue una obra maestra del cine de terror: PSICOSIS (Psycho, 1960). Lo que pocos saben es que la historia está basada en un hecho real....

(1) Denominación del norte de Castilla para un tipo de rebozado con harina y huevo.
(2) En los viajes de mi niñez estaba en funcionamiento, si bien ahora la conservan (supongo) como elemento decorativo.