Sudando a mares

Según dicen los médicos el deporte es muy bueno para la salud. Sin embargo, cuando voy de paseo y veo que pasa corriendo una persona entrada en años sudando la camiseta, tengo la sensación que ese ejercicio tan aeróbico solo le puede llevar a la sepultura. Una vez vi en un documental que le preguntaban a un abuelo centenario el secreto de su longevidad y él contestaba que era la vida apacible, trabajar lo menos posible y realizar poco ejercicio físico. Lo de trabajar poco no está en manos de cualquiera, ya que hay que ganarse el sustento y no todos estamos capacitados para vivir del cuento, pero la cantidad de ejercicio físico que derrochemos siempre está sujeta a nuestra voluntad.

Si de algo estoy dotada es de instinto de supervivencia, por eso desde niña administré con mesura el ejercicio físico. No me gustaba jugar a tula(1), siempre me pillaban y tenía que correr detrás de las demás niñas que eran mucho más veloces que yo. En las competiciones de atletismo del cole era siempre la última, así nunca me desgasté en las carreras de las finalistas. Como consecuencia de mi falta de psicomotricidad, nunca formé parte de ningún equipo de baloncesto, ni de balonmano, ni de voleibol. En resumen, mi deporte era el sillon-bol hasta que la vida me torció esta costumbre tan sana. He tenido periodos gimnásticos separados por larguísimas etapas de inactividad física. Estas épocas en que me desvié del recto camino las recuerdo con más nitidez que las de reposo y las dejo aquí plasmadas para liberarme del peso de la culpa que me aplasta.

La primera vez que caí fue después de nacer mi segundo hijo(2). No sé por qué, decidí ir a un gimnasio para recuperar tono muscular. No necesitada adelgazar, ya que soy de constitución delgada y al ser madre muy joven la recuperación de la figura era muy rápida. El gimnasio en cuestión era de culturismo y el encargado, Richard, no me quería admitir porque no tenía vestuarios para mujeres. Debió ser la dificultad de la admisión la que hizo que rebatiera todas las objeciones de Richard, al que lié de mala manera. El gimnasio estaba debajo de mi casa por lo que bajaba en chándal y me iba a mi casa a ducharme.

El primer día que entré en el gimnasio, los macizos que allí entrenaban miraron a Richard como si fuera un traidor. Más tarde, me miraban a mí con envidia, pues Richard aplicaba la discriminación positiva y me daba trato especial. Nada más llegar me dedicaba toda su atención pero me hacía entrenar duro. Después de varios meses casi me vuelvo la mujer forzuda, sin llegar a desarrollar mucha musculatura, adquirí una fuerza en los brazos desconocida para mí. Pero llegó el verano y también el calor. Los sudores hicieron acto de presencia, mi pituitaria no pudo con esta prueba y abandoné el gimnasio con la idea de volver en otoño, pero la idea se diluyó con el verano y volví a mi estado natural de reposo.

La segunda recaída fue cuando llevé a gimnasia rítmica a mi tercer retoño(3) por aquello de que hiciera alguna actividad física ya que su hermana mayor hacía ballet y su hermano jugaba al fútbol. La nena, delgadísima, daba muy bien la imagen de gimnasta y era muy flexible, pero no mostraba mucho entusiasmo. Asistía junto a mi sobrina que le ocurría tres cuartas de lo mismo. Mi hermana y yo decidimos apuntarnos a una clase de gimnasia de mantenimiento durante la hora de la clase de las niñas. Allí un entrenador, Claudio, que se podría homologar como nazi, casi nos hace echar los higadillos.

El primer día no sentía las piernas, como Rambo. Si no fuera por la imagen de mujer inasequible al desaliento que siempre he dado a mis hijos, me hubiera ido en taxi a mi casa. El segundo día iba con más miedo que agujetas, que ya es decir. El entrenador nos machacó sin piedad mientras nos decía que hasta que el cuerpo no se siente agotado y sin fuerzas, el ejercicio no sirve para nada. Así, sesión tras sesión, hasta que un día se le ocurrió que ya estábamos preparados para hacer un “circuito”. No sabía yo que lo que había pasado hasta la fecha era pecata minuta.

El circuito, era un cambio constante de actividades: ahora corrías, luego saltabas, a continuación hacías chiquicientas flexiones en el suelo, todo muy aeróbico. Uno de los compañeros de gimnasia sudaba a mares, dejando un rastro de humedades allá por donde se apoyaba. Cuando te tocaba cuerpo a tierra y la tierra era un mar de sudor, se juntaba la nausea del escrúpulo con la de la fatiga y ambas sumaban más de lo admisible. Mi hermana y yo nos mirábamos y nos transmitíamos telepáticamente toda la repulsa que sentíamos por la transpiración desmesurada del compañero y en cuanto pudimos nos alejamos de él para que otros compañeros con menos miramientos secaran con su cuerpo las humedades esparcidas por el parquet.

Al año siguiente mi benjamina no quiso ir a gimnasia rítmica y no encontré argumentos para convencerla, más bien vi el cielo abierto por no tener que aguantar a Claudio de nuevo. Después de esta experiencia, empecé a sufrir rechazo por los deportes que hacen sudar, por eso me apunté al único deporte en el que no se transpira: la natación.

Ahora juego al golf, pero no es un deporte, es una religión.

Lula

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(1) Tula, es la contracción de la frase “tu la llevas”, que quiere decir que cuando te alcanzaban, te decían “tula” y te tocaba perseguir a las demás. Las niñas madrileñas no juegan al /tula/, sino al /tule/, de "tu le llevas", en un claro caso de leísmo endémico.
(2) No es por que yo sea su madre, pero fue uno de los bebes más bonitos que he visto. Nada más nacer tenía ya las facciones definidas, una espalda ancha con bracitos musculosos que destacaban sobre un culito muy estrecho. De mayor, tiene una constitución atlética y está dotado para cualquier deporte, ni que decir tiene que ha salido a su padre.
(3) Este tercer retoño ha salido a su madre en el gusto por el reposo.