Llevaba tiempo pensando escribir algo sobre el juego de la silla cuando vi en el blog de Telémaco un post sobre la patata caliente en el que mencionaba dicho juego. Le prometí que escribiría de ello y aquí está el resultado.

En los cumpleaños y otras celebraciones infantiles, para entretener a los niños se utiliza el recurso del juego de la silla. Para jugarlo solo hay que disponer de “casi” el mismo número de sillas que de niños. Ese “casi” es una silla que falta y que es justo la que le proporciona la sal y pimienta del juego. Comienza el juego y los niños dan vueltas alrededor de las sillas mientras suena una música y en el momento que cesa, los niños tienen que sentarse en una de ellas. Evidentemente un niño no tiene dónde hacerlo y queda eliminado del juego. Se retira otra silla y se comienza de nuevo, así sucesivamente hasta que solo quedan dos niños y una silla. En ese duelo, perdón quise decir juego, solo queda un ganador.

Siempre detesté este juego porque por el ansia de ganar sacaba lo peor de cada niño. No había juego limpio y los empujones y malos modos crecían conforme iban quedando menos sillas. Ganaban los más fuertes o los que tenían menos escrúpulos y se les premiaba. Nunca quedé finalista y no me pesa haber perdido. Menos mal que la ausencia de silla era solo en el juego. La pesadilla de no tener dónde sentarse no se daba en el colegio, donde cada uno tenía su asiento. En el instituto también había una silla para cada estudiante y ya no se jugaba a ese juego infantil.

Aparece de nuevo el juego de la silla en la vida real cuando se finaliza la enseñanza secundaria. En la Universidad no hay sillas para todos y es preciso pasar el filtro de la selectividad. Sólo los que aprueban tienen sitio allí, al resto se les centrifuga de la enseñanza superior, salvo que puedan comprar una silla de pago en una Universidad privada. Conforme se avanza de curso el número de sillas es cada vez menor por lo que otros estudiantes se van quedando por el camino.

Los que terminan estos estudios se incorporaban a un mercado laboral en el que no todos podrán sentarse y tendrán que pasar un proceso de selección. Una vez dentro, podrán observar una sutil diferencia en la variedad de asientos. La mayoría son sillas, unos cuantos sillones de tela y unos pocos sillones de cuero con reposacabezas. El juego de la silla se empieza a complicar y algunos no se conforman con tener su silla, quieren tener su sillón, en principio de tela, pero poniendo los ojos en el de piel natural. Esto le da más tensión al juego.

En tiempos de expansión laboral empiezan a proliferar tanto las sillas como los sillones y hay oportunidades de cambiar la calidad del asiento. El juego se empieza a jugar al revés, la música suena de forma continua y todos pueden sentarse, incluso elegir la silla que más les guste. Pero de repente la música cesa y cada uno se queda sentado en una silla concreta.

A los tiempos de expansión les suceden los de recesión en los que de forma imprevista suena y cesa la música periódicamente, llevándose en cada intervalo un puñado de sillas de todos los tipos. De nada sirve el supergen, se llevan la silla con ocupante y todo. La competitividad por conservar el asiento crece conforme van disminuyendo las sillas y sillones.

Dada mi poca destreza para este juego me voy a ir comprando una silla como ya me compré un teclado. A este paso mi ajuar laboral me va a salir por un pico.

Sección-Reflexiones

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