El nido

Volverán las oscuras golondrinas,
en el patio sus nidos a colgar….

Cuando me disponía a limpiar el patio de la casa del soltero de las huellas que dejaron el otoño, el invierno y la primavera, mi menguado sentido del oído descubrió unos rítmicos pío-pío que procedían de un nido colgado de la pared, en un oscuro rincón debajo de la escalera del patio. Del nido sobresalían cuatro diminutos picos que demandaban su comida sin descanso. Esta inesperada presencia nos acompañó durante todas las vacaciones y nos tuvo embelesados contemplando su rápido ciclo de vida.

La casa de las vacaciones es un nido vacío desde hace años. Aún no me he acostumbrado al silencio que encierran las habitaciones de mis hijos, antes llenas de las risas de su infancia y más tarde de los reproches de su adolescencia. La presencia de estos polluelos me hizo comprender que el nido es (y debe ser) algo efímero, tan solo es un cobijo donde obtener la fuerza necesaria para alzar el vuelo y valerse por uno mismo.

Todas las mañanas, mientras devorábamos con deleite nuestro desayuno andaluz, nos acompañaban los trinos de los polluelos que se intensificaban ante la presencia de la madre. En ese momento nuestras miradas se dirigían hacia el nido para ver cuál de ellos se llevaba la manduca mientras que sus hermanos piaban con una insistencia cercana a la desesperación. Una vez que la madre se marchaba, el pollito ganador se unía al coro de trinos como si no hubiera pillado ración.

La escena de las pequeñas golondrinas compitiendo por la comida se repetía constantemente así como los ganadores de esa lid. Dos de los cuatro pollitos eran literalmente “más echados para adelante” sobresaliendo ostensiblemente del nido mientras que los otros dos piaban con desesperación pero enseñando apenas el pico. La madre iba con prisas y dejaba la comida en el primer pico que encontraba. Pasadas una semana se empezó a notar la diferencia de tamaño entre los polluelos.

Una mañana, al ir a inspeccionar el nido, encontramos solo dos polluelos, los dos más fuertes habían abandonado el nido. Nos alegramos de que quedasen dos y se hicieran compañía antes de alzar el vuelo. La madre seguía viniendo y los pollitos tenían ahora más posibilidades de comer una vez que sus voraces hermanos se habían independizado.

A los dos (o tres) días quedaba solo un pajarillo y lo que es peor, la frecuencia de las visitas de los suministradores de alimento se redujo drásticamente. Nos quedamos muy preocupados por él temiendo que pudiera morir de hambre si no se atrevía a salir del nido. Nos alegramos mucho cuando vinieron sus hermanos a animarle a echarse a volar pero la pequeña golondrina remolona se agazapaba en el nido. Así estuvo solo durante dos días.

La siguiente mañana hallamos el nido vacío y un montón de jóvenes golondrinas posadas en las cuerdas del toldo. Entre ellas estaba el polluelo rezagado al que identificamos por su minúsculo tamaño y porque todas las golondrinas echaron a volar menos él en cuanto abrimos la puerta del patio. Pasado un rato por fin levantó el vuelo y lo perdimos de vista.

La observación del desenlace del nido me hizo reflexionar sobre ciertas situaciones de la vida en las que hay que abandonar la confortabilidad del nido para buscar el propio destino, a veces con las propias fuerzas y otras con la ayuda de los demás. Ver el polluelo remolón alzar el vuelo me llenó de esperanza.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.