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Paseando el sacromonte

Mi madre se enamoró de Rafael Villoslada con dieciséis años. Para ella, él era perfecto. Pintaba retratos al óleo, bailaba tangos, era oficial del ejército y tenía unos ojos azules y una sonrisa que derretían a cualquiera. Vivieron un noviazgo de cinco años por carta. Por último, ella se enteró que Rafael tenía una querida. No una aventura pasajera, sino una relación estable con una gitana del Sacromonte con la que convivía. Siempre le oí...